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Condiciones Psicosociales de Trabajo entre Jóvenes Profesionales



Marcela Peterson


Cuando se habla de los desafíos que enfrentan los jóvenes en el mercado laboral, el foco suele centrarse en el desempleo, la precarización o las dificultades de inserción profesional. Sin embargo, existe un fenómeno silencioso, persistente y profundamente perjudicial que atraviesa distintos sectores y países: las exposiciones psicosociales negativas en el entorno laboral — como la inseguridad en el empleo, la baja autonomía, la sobrecarga de trabajo, el acoso y las relaciones injustas. Según la evidencia recopilada por Shields y colaboradores (2021), estas condiciones, muchas veces invisibilizadas o normalizadas, tienen un impacto directo y significativo en la salud mental de trabajadores menores de 30 años.


Las investigaciones muestran que los jóvenes, al encontrarse en una etapa de transición marcada por la inestabilidad y un menor poder de negociación, son especialmente vulnerables a empleos de baja calidad. La exposición continua a contextos con bajo control del trabajo, demandas excesivas, miedo a perder el empleo o experiencias de acoso deteriora progresivamente el bienestar psicológico. La ansiedad, los síntomas depresivos y el malestar emocional se convierten en respuestas frecuentes—no por fragilidad individual, sino por la acumulación de presiones estructurales que configuran la vida laboral cotidiana.


Estas experiencias adversas no afectan únicamente al individuo, sino también al comportamiento profesional y al desempeño general. Frente a entornos hostiles, los jóvenes trabajadores tienden a adoptar estrategias de autoprotección: reducen la iniciativa, evitan interacciones que puedan generar conflicto, reaccionan con mayor sensibilidad ante errores y, en muchos casos, pierden la confianza en su propio potencial. Este proceso erosiona gradualmente la motivación, la satisfacción laboral y la disposición para aprender—factores clave en las primeras etapas de la carrera profesional.


Uno de los hallazgos más preocupantes de la revisión es que las exposiciones recientes tienen un peso aún mayor sobre la salud mental. Es decir, las experiencias actuales de acoso, injusticia o baja autonomía resultan más perjudiciales que episodios similares ocurridos en el pasado, lo que indica que los riesgos psicosociales operan de manera continua y acumulativa. Además, estudios de cohorte muestran que los jóvenes en ocupaciones con bajo control del trabajo presentan un mayor riesgo de desarrollar trastornos depresivos a lo largo del tiempo.


Estas vulnerabilidades no surgen de forma aleatoria. Se concentran especialmente en empleos caracterizados por contratos temporales, vínculos informales, jornadas impredecibles y salarios bajos—formas de trabajo que, según Shields et al. (2021), se volvieron aún más comunes tras crisis económicas como la pandemia de COVID-19. La precarización genera un círculo vicioso: cuanto peor es la calidad del empleo, mayor es la exposición a riesgos psicosociales; cuanto mayor es la exposición, peor es la salud mental; y cuanto peor es la salud mental, más difícil resulta la permanencia y el desarrollo profesional.


Otro aspecto crítico señalado por la revisión es la baja capacidad de los sistemas laborales para identificar o monitorear estos riesgos. Muchas exposiciones no se registran, no existen protocolos claros para abordar el sufrimiento psicológico y numerosos jóvenes no se sienten seguros para reportar problemas por miedo al estigma o a represalias. La falta de datos sólidos dificulta la creación de políticas organizacionales preventivas y refuerza una cultura en la que el sufrimiento se considera parte inherente de la vida laboral.


Ante este panorama, es fundamental reconocer que los riesgos psicosociales no son “cuestiones subjetivas”, sino factores reales, medibles y tan relevantes como los riesgos físicos o ergonómicos. Las organizaciones, los gestores y las áreas de recursos humanos deben asumir una postura activa: evaluar sistemáticamente las condiciones psicosociales del trabajo, fortalecer la seguridad psicológica, aumentar la autonomía, promover la estabilidad, crear canales eficaces de apoyo e implementar prácticas de justicia organizacional.


Al analizar estos fenómenos desde una perspectiva amplia y basada en evidencia, es posible transformar los entornos laborales en espacios que apoyen, en lugar de socavar, el desarrollo de los jóvenes profesionales. El objetivo no es solo proteger su salud mental, sino también garantizar que puedan construir trayectorias profesionales sólidas, sostenibles y alineadas con su potencial. En un contexto histórico marcado por múltiples incertidumbres, invertir en condiciones de trabajo saludables no es solo una elección ética: es una estrategia esencial para el futuro del trabajo.

 
 
 

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